Como cada noche, siguiendo fielmente una especie de ritual solo conocido por el, araña el canapé, da un salto, me observa y, cuando se siente acertado por mis pupilas, se acerca sigiloso, midiendo con cuidado los movimientos y me pide una caricia.
Intento ser solícita, atender sus necesidades de afecto para que , la tristeza que arrastro como pesadas cadenas, no sea descubierta y, de repente, surge un candor que me reconcilia con el áspero mundo, con esa ingente cantidad de adversidades que vienen más que se van.
De repente, sus pupilas se vuelven oscuras, redondez perfecta que me hace sucumbir. Acaricio entonces su cabecita, un poco de su lomo, si continuara seguro que me mordería sin morder y se asustaría. No quiero eso, sólo sentir que está pegado a mí, como diciéndome: todo está bien, no estás sola y si por azar, una lágrima o más, nace de tu dolor, yo estaré aquí y te acompañaré.
Cuando las caricias y mis palabras le llegan busca acomodo en mi cintura, se hace una bola, cierra sus expresivos ojos y sucumbe ante la llamada del sueño reparador, aunque, antes de eso, entreabre un par de veces esos ojos verde, me mira, respira hondo y, por fin, se entrega.
A lo lardo de la noche buscará otros cobijos y acomodos, no se apartará de mi, velará mis sueños. Este es Charly. Mi recuerdo para Pekay, Coco y la bolita de M que estará con ellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario